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“Mi enfermedad no tiene cura”: las secuelas de la Guerra de Vietnam

“Mi enfermedad no tiene cura”: las secuelas de la Guerra de Vietnam

Por: Luca Pistone. Enviado. Notimex | 07 Ene, 2018

Provincia de Svay Rieng, Camboya, 7 Ene (Notimex).- Bebés que nacen deformados, extrañas alergias en la piel y fiebres altísimas son solo algunas de las consecuencias de las armas utilizadas por Estados Unidos sobre la población de Camboya durante la Guerra de Vietnam.

Hasta hace poco las autoridades de Camboya no habían empezado a hacer público el asunto: estaban totalmente desprevenidas para hacer frente a situaciones de grave peligro como la del municipio de Koki, donde se encontraron bombas de barril que contenían gas lacrimógeno.

La Guerra de Vietnam (1955-1975) no solo se desarrolló en Vietnam sino también en los países vecinos Laos y Camboya, donde los vietcongs encontraban refugio y suministros.

Así, los bombardeos de los Estados Unidos también cayeron en zonas fronterizas, donde causaron un gran número de víctimas civiles.

Según el gobierno de Phnom Penh, en esos años solo en Camboya los Estados Unidos arrojaron casi tres millones de toneladas de bombas, una cifra que Washington niega.

Muchas de estas bombas afectaron la provincia sur-oriental de Svay Rieng, en la frontera con Vietnam.

Según la gente del lugar, siempre se supo de la existencia de artefactos explosivos sin detonar, pero hasta hace poco el gobierno de Hun Sen, primer ministro desde 1993, no había mencionado esa herencia bélica estadunidense en su agenda política.

Ahora incluso alenta a la prensa nacional, de tendencia pro-gobierno, a dar cierta prominencia al asunto.

¿Cuáles son los motivos que lo empujan a hacerlo? Las elecciones generales de agosto se acercan y, según los analistas, la decisión de Hun Sen de haber hecho arrestar al líder de la oposición, Kem Sokha, inmiscuyéndose en la Corte Suprema, acusándolo de conspirar con los Estados Unidos para derrocar a su gobierno, no parece haber sido suficiente.

Prefiere insistir en los Estados Unidos, cuyas armas químicas, muchos años después, siguen provocando víctimas entre la población civil.

En enero de 2017, el pequeño pueblo de Koki, en la provincia de Svay Rieng, terminó en los medios de comunicación.

Aquí, el Centro Camboyano Antiminas (CMAC) encontró, a menos de dos metros bajo el suelo, tres bombas de barril sin estallar que contenían gas lacrimógeno CS, una en el campo, cerca de una pagoda, y dos en el patio de una escuela primaria.

Un año después del anuncio público del hallazgo, las bombas aún no se eliminaron debido a la falta de medios apropiados y de conocimiento técnico del CMAC.

“Durante muchos años -explica Heng Ratana, director general del CMAC- no se tomó nota de todas las sustancias químicas utilizadas contra la gente de Camboya”.

“Cuando descubrimos estas armas químicas en la provincia de Svay Rieng, y en particular en el municipio de Koki, nos dimos cuenta de que un cierto número de sus habitantes estaban afectados por sustancias químicas, que habían ingerido bebiendo agua contaminada o inhalando vapores”, dice.

Añade que “el Ministerio de Salud Pública acaba de crear una unidad especial para estudiar el impacto de estos productos químicos en nuestra gente”.

“Los Estados Unidos -señala el dirigente del CMAC- deben ser nuestro socio principal. Tienen obligaciones morales respecto a nosotros, ya que desde 1963 hasta 1975 lanzaron casi tres millones de toneladas de bombas que mataron a 500 mil camboyanos y destruyeron aldeas, casas, escuelas e infraestructuras enteras”.

“Tienen que ayudarnos a limpiar Camboya de los restos de sus armas, y para este fin nuestro gobierno hace tiempo entabló negociaciones con el gobierno estadunidense”, reclama.

Koki, un pueblo de 800 habitantes, está cubierto por carteles en los que hay dibujados el clásico cráneo y las tibias cruzadas, el símbolo del peligro de muerte. Los sitios donde se encontraron las bombas están simplemente rodeados de cinta roja y blanca.

Desde pequeños de un año los niños juegan alrededor como si nada hubiera pasado. “Hombre -dicen insinuando una sonrisa algunos padres a la salida de la escuela-, estas bombas están enterradas aquí desde hace 40 años. Un año más o un año menos no hace mucha diferencia”.

Pero sí hay diferencia para una decena de habitantes de Koki, y mucha. Según funcionarios del CMAC, la proximidad prolongada de estos dispositivos a la población local sería la causa de algunas enfermedades muy graves.

En Camboya, a diferencia del altamente documentado Vietnam, todavía no hay un estudio detallado del impacto de las armas químicas estadunidenses en los seres humanos.

A lo largo de los años Washington reconoció en parte las consecuencias del uso del Agente Naranja -un potente defoliante altamente tóxico utilizado durante la Guerra de Vietnam- en las personas, pero se niega a admitir que exista una conexión entre este tipo de bombas, cada una de las cuales contiene 220 litros de gas lacrimógeno tipo C2, y unas enfermedades atroces.

Desde la casa de la familia Sokhum, a unos 30 metros de la escuela, se oyen gritos desgarradores. Quien los emite es el pequeño Sorm, que quiere salir del andador.

Desde lejos, Sorm tiene la apariencia de un niño de alrededor de un año, pero de cerca uno se da cuenta inmediatamente de que algo anda mal.

Tiene una cara desgastada y arrugada que revela una edad completamente diferente: Sorm tiene 14 años y pesa nueve kilogramos. No creció, no habla y tiene problemas neurológicos muy graves.

“Su madre -explica su joven tía, Meta- trabaja de jornalera en Vietnam y por eso me ocupo yo de él. Es un buen niño, la única molestia que da es cuando llora. Nos necesita para todo, ni siquiera puede sostener el biberón con las manos”.

Cuenta que “los médicos nunca supieron decirnos qué enfermedad tiene, solo dicen que no hay cura. Los periódicos dicen que es culpa de esas bombas, de las sustancias venenosas que durante décadas liberaron en la tierra y en el agua”.

Frente a la casa de los Sokhum, al otro lado de la calle, está la casa de la familia Eth. A la sombra, en una hamaca, intenta descansar en vano Srey, que tiene 31 años recién cumplidos. Lo intenta en vano porque los dolores causados por su desconocida enfermedad no le dan tregua.

Todo comenzó hace siete años, cuando le aparecieron las primeras alergias cutáneas en la espalda. En poco tiempo se le diseminaron por todo el cuerpo y, como dicen sus familiares, se convirtió en “un trozo de corcho”.

“Mi piel -muestra el chico- es muy dura. Intenté diferentes ungüentos y pomadas, pero no sirvió de nada. La picazón es insoportable y a menudo tengo fiebres muy altas que me llevan a tener frío. El dolor es insufrible, el mal de huesos no me permite caminar a menos que tome medicamentos”.

“Mi visión empeora cada vez más y, a veces, no veo nada. Incluso me duelen los oídos, por no hablar de los dolores que siento en el pecho, hasta el punto de tener dificultades para respirar”, manifiesta.

Y añade: “Algunos médicos me dicen que sufro de una extraña forma de psoriasis, una enfermedad incurable. Empeoro semana a semana, estoy seguro de que moriré pronto. Estoy enojado”.

“Me gradué en economía y trabajaba en un banco, pero perdí el trabajo porque estoy enfermo. Cuando, hace unos meses, la gente comenzó a hablar de bombas químicas, me di cuenta de que podían ser la causa de mi enfermedad”, agrega.

Dos casas más hacia la derecha de la casa de Srey vive Doung Chem, de 52 años. Hace 30 años decidió construir su propia casa, a pesar del hecho de que había dos bombas sin estallar a nivel del suelo.

Doung se limitó a precintar el perímetro con una jaula de hierro. “Lo hice por los niños -dice con orgullo-, que podrían tropezar y hacer explotar las bombas. Todo el mundo en Koki lo sabe”.

“Las bombas de mi casa -recuerda- no tenían la misma publicidad que las de la escuela y la pagoda, pero los del CMAC me prometieron que pronto las quitarán”.

Doung y su familia no reportan ningún daño a pesar del permanente contacto con las bombas, pero cuatro mujeres, vecinas suyas, sí.

Tienen unas extrañas manchas rojas por todo el cuerpo, alguna desde hace dos años, otra desde hace cuatro, otra seis y otra siete. También en su caso el veredicto de los médicos fue unánime: una enfermedad desconocida e incurable.

Desde 1992, el año en el que se creó el CMAC, los Estados Unidos financiaron el centro con más de 160 millones de dólares, y siguen haciéndolo con donaciones anuales de dos millones de dólares.

Pero estos fondos fueron destinados exclusivamente a las campañas de desminado -en Camboya se calcula que entre 1980 y 1998 se diseminaron entre cuatro y seis millones de minas-, y todavía no se encuentra una colaboración con la Casa Blanca en la cuestión de los efectos de las armas químicas sobre la población.

Por su parte, la administración Trump, acusada por el primer ministro Hun Sen de quererlo deponer, amenaza con detener las donaciones.

Situaciones como las de Koki también se encuentran en pueblos de otras provincias, como Prey Veng, Mondulkiri, Rattanakiri y Kratie, donde siguen naciendo niños con graves deformidades y se registran enfermedades aparentemente incurables.